Opinión

Votar no siempre significó lo mismo

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Por Luciano de Privitellio (*)

 

Capturado el rey Fernando VII por Napoleón en 1808, los gobernantes rioplatenses y luego argentinos se vieron obligados a incorporar la aprobación de los gobernados como uno de los factores fundamentales de su legitimidad. ¿Cómo expresar ese consentimiento si no es a través de alguna forma de sufragio? Sin embargo, constatar que las autoridades se eligen no dice nada sobre las formas y los criterios en virtud de los cuales se legisla, y se ejecutan esas elecciones. Y, menos aún, sobre las coyunturas políticas, los acuerdos y desacuerdos que giran alrededor del sufragio.

Sabemos muy bien que votar no quiere decir lo mismo para los protagonistas de la Revolución que lo que significa en nuestros días. Mientras que, en aquellos años, lo que se representaba eran cuerpos corporativos de base territorial —inicialmente, ciudades y, desde 1815, la campaña, que conformaba lo que en el lenguaje de la época se denominaba “los pueblos” — y, por tanto, el “vecino” constituía el sujeto político por excelencia, en nuestros días, la representación apunta a algo llamado “pueblo argentino”, y el sujeto político por excelencia es el “ciudadano”. Los mecanismos de sufragio, por su parte, tratan de adaptarse lo más eficazmente posible a estas concepciones diferentes. Y son, por tanto, también diferentes. Este problema se expresa, sin embargo, aún en nuestros días en el Senado, donde la representación es por Estados provinciales —y, por eso, es la Cámara Federal por excelencia— y no por número de ciudadanos.

Pero este es apenas un comienzo posible para una historia que recorre otras aristas, cada una de las cuales expresa problemas profundos y permite observar el desarrollo de la historia política argentina desde un punto de vista extraordinario. Durante la década revolucionaria, por ejemplo, las votaciones eran indirectas —en dos grados— y solían realizarse a través de asambleas con la presencia de todos los electores que no eran muchos, salvo algunas excepciones vinculadas con coyunturas particularmente intensas. En ese contexto, los principios representativos eran esgrimidos, con poco éxito, como alternativa a las siempre tumultuosas asambleas. Finalmente, a partir de las leyes provinciales posteriores a 1820, se fue imponiendo el voto directo que, luego de 1853, pasó a la legislación nacional con la notable excepción de la elección del presidente y vice, que siguió quedando en manos de los colegios electorales. Pese a todo este conjunto de leyes —y la reforma de 1912 no fue al respecto una excepción—  no fue posible evitar el voto en grupo, que siguió estando a la orden del día hasta bien entrado el siglo XX. Menos aún se logró que votara una alta proporción de ciudadanos, lo que explica por qué la mencionada reforma incluyó por primera vez la cláusula que nos obliga a votar.

A su vez, esta situación ha obligado a los historiadores a poner en cuestión algunas creencias muy arraigadas; entre ellas, la que supone que, durante el siglo XIX, la élite política pretendía evitar a toda costa que los sectores populares votaran. ¿Para qué obligar si “el pueblo” está dispuesto a votar y no lo hace porque un sector se lo impide? Esta idea, tomada directamente y sin crítica de los modelos europeos —y, para el viejo continente, la generalización es incorrecta, ya que el esquema refiere, más bien, al caso británico—, no parece responder a lo sucedido en la Argentina, donde las críticas al comportamiento faccioso y violento de la élite suelen tener más relevancia que los supuestos temores a los grupos populares. Y, por cierto, explica mucho menos el hecho de que quienes votan a lo largo del siglo XIX son, mayoritariamente, grupos populares. La posición contraria, que es la que habitualmente escuchamos cuando se habla del siglo XIX, responde más a la mitología política del radicalismo que a los procesos políticos que hoy identifican los historiadores.

Durante el siglo XX, las cosas se hacen a la vez más simples y más complejas. Más simples, porque los mecanismos y criterios comienzan a parecerse cada vez más a los nuestros. Más complejos, porque nuestra visión de la historia electoral, las leyes y las prácticas se encuentran todavía más teñidas por las visiones y mitos políticos elaborados por los dos movimientos más relevantes: el radicalismo y el peronismo. Así, sabemos muy poco sobre cómo se votaba durante los gobiernos radicales —formas de votación que responden muy mal a la idea del radicalismo como una expresión extrema de la mayor pureza electoral— o sobre la profusa e importantísima legislación electoral aprobada por el peronismo, que dejó prácticamente sin efecto la famosa ley de 1912 y al Legislativo casi sin representantes de la oposición. Aun siendo más parecidos a los nuestros, los criterios y valores no son únicos, y los conflictos no terminan.

Estos son apenas algunos de los temas que podríamos analizar tomando como eje las elecciones. ¿Quiénes tienen derecho a votar y quienes efectivamente votan? ¿Por qué las mujeres no pudieron votar hasta 1951? ¿Por qué los menores no votan? ¿Quién organiza una elección y quién cuenta los votos? ¿Cómo se transforma un número x de votos en cargos ejecutivos o legislativos? ¿En qué criterio se basan las diferentes soluciones a este problema y qué dice cada solución sobre los conflictos políticos de un período? ¿Quién decide si una elección es legítima o no? ¿Por qué esos agentes y no otros? Y, tal vez, la pregunta más relevante para entender, al menos, en parte nuestro destino: ¿qué creemos que estamos haciendo cuando votamos? ¿Creemos siempre lo mismo?

Tratar de responder estos interrogantes nos permitirá comprender de una forma novedosa el desarrollo de la historia rioplatense y argentina a lo largo de dos siglos.

 

(*)  El autor es Doctor en Historia (UBA). Investigador Independiente del CONICET. Profesor Titular de la Carrera de Ciencia Política de la UBA y de la Maestría en Ciencia Política y Sociología de FLACSO. Autor de Agustín P. Justo, las armas en la política; y Vecinos y ciudadanos. Sociedad y política en la Buenos Aires de entreguerras; y coautor de Historia de las elecciones en la Argentina; Breve Historia de la Argentina; La Argentina en la Escuela.

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