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Civitá de Bagnoregio, el pueblo italiano que muere lentamente

  • - En la región de Lazio, el lugar está sobre una colina en proceso de erosión.

Basta con atravesar a pie el puente que llega a Civita di Bagnoregio para encontrarse con uno de los pueblos más encantadores de la provincia de Viterbo, Italia.

Calles de piedra y balcones floridos, postal típica de Civita. Foto Shutterstock

A medio camino entre Roma y Florencia, en la región de Lazio (Lacio), entre aguas termales, lagos volcánicos y restos de antiguos asentamientos etruscos y romanos, Civita Bagnoregio se encuentra sobre una colina arcillosa de más de 400 metros de altura que está en proceso de erosión.

Por eso le dicen “La ciudad que muere”: la montaña de toba no puede evitar el paso del tiempo; todos asumen que está condenada a desaparecer.

Y por eso también cada año llegan turistas de todo el mundo a conocer este lugar.

El crecimiento en los últimos 10 años muestran cómo el boca a boca y una campaña sostenida para fomentar el turismo -incluyendo el cobro de un ticket de ingreso al pueblo que hoy cuesta 5 euros- han dado sus frutos.

En el 2010 se registraron 40.000 visitantes anuales; en 2018 ya habían superado los 700.000 y hasta hay quienes dicen haber llegado al millón de turistas por año.

Por eso también algunos sostienen en que ahora hay que llamar a Civita “el pueblo que quiere vivir”. Saben también que hay que cuidar el destino para que no se convierta en un parque temático.

Las principales quejas se centran en aquellos turistas que solo ingresan para tomarse unas fotos, pero no comen ni duermen en el lugar.

Es por eso que desde hace un tiempo se trabaja en fomentar un turismo de calidad para evitar la masificación que tanto daño ha provocado en otros sitios de Italia.

En el centro-oeste de Italia, Viterbo es una de las provincias menos famosas de Italia.

Además de castillos, iglesias y palacios, estas tierras albergan villas medievales de un ritmo cotidiano pausado, campestre y con muchas celebraciones vinculadas con las cosechas y ferias de productos típicos, como castañas, aceitunas, vinos, quesos y embutidos.

Dicen que Civita di Bagnoregio tiene una energía especial.

Para llegar a este poblado, de no más de 12 habitantes -a los que hay que sumar una colonia de gatos- hay que atravesar a pie un puente de unos 300 metros que separan el lugar de Bagnoregio, un centro urbano más poblado.

Son imperdibles las vistas panorámicas del Valle dei Calanchi y de pueblos vecinos.

Civita di Bagnoregio tiene un pequeño centro con construcciones de piedra, balcones y escaleras cargados de flores. Pese a que es pequeño, el lugar cuenta con establecimientos hoteleros, bares, restaurantes y gente siempre dispuestas a recibir turistas.

Por eso, es esencial que, una vez allí, el visitante se dedique a disfrutar, desde un buen desayuno, una caminata al atardecer o una rica cena.

Fundada por los etruscos hace 2.500 años sobre una de las rutas más antiguas de Italia -que unía el río Tíber y el Lago de Bolsena- tras una caminata por la villa es posible encontrar rastros del medioevo y del renacimiento en cada callecita.

Un estudio geológico reciente definió que el promedio de erosión de los murallones es de unos siete centímetros cada año. Un desgaste lento pero continuo del terreno.

Algunos de los puntos imperdibles son la Puerta de Santa María, la plaza principal con la iglesia románica de San Donato, edificios renacentistas de los Colesanti, Bocca y de los Alemanni, la capilla de la Virgen del Carcere o la iglesia de Santa Bonaventura.

 

 

 

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