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El Cairo dejará de ser la capital de Egipto

  • Desde los primeros días del verano, se trasladarán los primeros trabajadores públicos. Será una ciudad inteligente a donde no circulará el dinero físico. Tendrá un monorriel y edificios lujosos.

Empieza la cuenta regresiva para una nueva huida de Egipto. Aunque El Cairo lleva un siglo intentando escapar de sí mismo, esta vez promete hacerlo a escala bíblica.

La Nueva Capital Administrativa (NCA), anunciada hace cinco años, no es un espejismo, como la saudí Neom. Se está levantando visiblemente en mitad del desierto, a cincuenta kilómetros de El Cairo, y comenzará a funcionar en los próximos doce meses.

El primer ministerio ya está listo, y sesenta mil funcionarios se preparan para trabajar allí. Tras ellos, el Gobierno en pleno, muchas embajadas y agencias internacionales, así como parte de las clases pudientes, acamparán en este búnker vallado y ajardinado, tan vasto como el centro de El Cairo, pero lejos del caos de la plaza Tahrir

Los primeros trabajadores públicos comenzarán a trasladarse en los primeros días del verano. La calle principal será sede de todos los ministerios y de un inmenso edificio presidencial.

Un monorriel atravesará todo el distrito financiero y una torre de 385 pisos será su insignia. Además, estará coronado por una enorme mesquita.

Esta nueva capital, que llevará el nombre de Nueva Capital Administrativa, será inteligente y no tendrá circulación de dinero físico. También tendrá sus propias universidades, lugares de ocio y barrio diplomático.

La primera fase del proyecto, de un total de tres, costó 25 mil millones de dólares.

También tendrá centros de monitoreo de seguridad e infraestructura y paneles solares que alimentarán el funcionamiento de la electricidad. Se estima que la ciudad podría albergar a 6 millones de personas.

La nueva capital contará con todo un distrito dedicado a las artes y las ciencias. Más allá de la Gran Ópera –en la que deberá caber ­Aída– contará con teatros, cines y museos. Sus fachadas acogerán también el primer bosque vertical de África, en tres edificios de Stefano Boeri.

En su parte más capitalina, se descubre el parecido con el programa arquitectónico del National Mall de Washington, que firmó –aunque nunca vio– Pierre Charles L’Enfant.

En Egipto, no será por falta de obeliscos. Con la diferencia de que el palacio presidencial de Al Sisi será varias veces mayor que la Casa Blanca. El Parlamento se mudará justo detrás. Antes lo harán los treinta y ocho ministerios, el primero de los cuales, el de Finanzas, a modo de piloto, ya está terminado.

No será tampoco por falta de dinero para arquitectos de renombre. Pero no es ese el modelo, quizás por su vulnerabilidad ante la opinión pública. La notoriedad buscada es de libro de los récords.

En este caso, el rascacielos más alto de África, ochenta plantas, a cargo de CSCEC, que culminó en su día Burj Doha, de Jean Nouvel a mayor escala que la torre Glòries.

El signo de los tiempos es que, hasta mitad de los noventa, las ciudades satélite egipcias buscaban una salida al problema de vivienda de las clases medias y trabajadoras. Pero desde entonces, primero con Mubarak y ahora con Al Sisi, la gran escapada es para las clases más acomodadas, mientras que se abandona El Cairo a la superpoblación, los embotellamientos y la contaminación.

Las ciudades modelo promovidas por Gamal Abdel Naser y Anuar el Sadat tenían en mente al egipcio medio. Al primero se debe la cuadrícula racionalista de Ciudad Nasr –Victoria– para las clases medias, aunque luego se haya masificado. Mientras que el segundo inspiró ciudades dormitorios para estudiantes, Seis de Octubre, o familias obreras, Diez de Ramadán.

En 1995, con Mubarak, la Ciudad Jeque Zayed fue el puntapié de salida de una colección de condominios cada vez más lujosos, hasta llegar a Nueva El Cairo. Todas ellas concebidas como un alivio para las clases altas deseosas de emular el estilo de vida de urbanización americana. Retornados del Golfo o inversores, con apetito por un lujo cada vez más despampanante, frente a la decadencia de la vieja capital.

El Cairo seguirá siendo la mayor metrópoli egipcia –podría doblar su población en treinta años, de veinte a cuarenta millones–, pero se aspira a desacelerar su crecimiento. Entre los anzuelos de la nueva capital –que podría albergar cinco millones–, un Central Park de diez kilómetros, atravesado por un río artificial, con tres grandes áreas correspondientes a tres perfiles. En una, jardín botánico, campo beduino y mezquita. En otra, deporte al aire libre. Otra, ocio y restaurantes, cerca de las oficinas.

Asimismo, en el 2021, no sólo se inaugurará el Gran Museo Egipcio, en Guiza, sino también el Museo de la Nueva Capital Administrativa, que ya está casi a punto, con 8.500 metros cuadrados y dos obeliscos –de San Hajar– a modo de pórtico, rodeados de flores de loto y papiro.

Este también alojará tesoros de su patrimonio, desde el esplendor faraónico hasta el grecorromano, islámico, otomano y copto. Un cementerio hallado recientemente, del rey Toto, ha sido trasladado allí desde Sohag.

Su objetivo es ilustrar las capitales egipcias que se han ido sucediendo, Menfis, Tebas, Amarna, Alejandría y El Cairo. La nueva capital sin nombre aspira a ser la última de la lista. Además de una alternativa al simulacro acondicionado de Dubái, para un mundo árabe que aún llora lo que queda de Beirut, Damasco o Bagdad.

 

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