Opinión

#Opinión | El desencanto juvenil por la nación

  • Por Martín Barón Santella

La falta de representación, las demandas insatisfechas y los pésimos gobiernos de los últimos años explican, entre muchos otros factores, la decepción de las nuevas generaciones por el país.

“Sin esperanza y con nostalgia, pienso en la abstracta posibilidad de un partido que tuviera alguna afinidad con los argentinos; un partido que nos prometiera (digamos) un severo mínimo de gobierno”, sentencia Jorge Luis Borges en su ensayo Nuestro pobre Individualismo. Ese sentimiento, esa profunda desilusión por la nación puede rastrearse en la ciudadanía presente, sobre todo en la juventud.

El síntoma más patente del desencanto juvenil por la política argentina se aprecia en el numeroso apoyo social a un candidato liberal con rasgos populistas (reflejo de la complejidad y del caos de esta época). Un voto no inspirado en la profundidad de sus mensajes, en el contenido, en las propuestas, en el fondo, sino en las formas, en el modo, en la construcción de un discurso de odio hacia los rivales, hacia el sistema. Decepcionados con los pésimos gobiernos de los últimos tiempos, sin esperanza y con bronca, muchos jóvenes regalaron su dictamen al aspirante “antiestablisment” dispuesto a acabar con la “Casta política”, a chillar en el congreso. Íntimamente intuyen que Milei formará parte de la Casta que tanto repudia, pero en un intento desesperado por acabar con la regresión infinita a la decadencia e ineficacia, lo votaron igual engañándose.

Entre la incertidumbre y la angustia, cada vez más jóvenes ávidos de emigrar al exterior, sienten frustración por la tradicional política del país: descreen del funcionamiento de las instituciones; lamentan no poder gozar las oportunidades laborales que sus padres y abuelos apreciaron. Están hartos de la involución cíclica; del mantra trágico fijo y peligrosamente naturalizado desde hace tiempo que ninguna administración puede o quiere detenerlo: recesión, inflación constante, pobreza, inseguridad, justicia lenta, impunidad.

Asimismo, la campaña electoral de las últimas elecciones legislativas reflejó una vacuidad discursiva en los mensajes de los partidos políticos. Las propuestas brillaron por su ausencia. Con la intención de aproximarse al electorado joven y bajo el pretexto de captar el voto no politizado, los “ingeniosos” candidatos recurrieron a Tik Tok, una de las redes sociales más queridas por el sector juvenil.

Confusamente se exhibían alegres en esa plataforma: bailaban cumbia y repetían eslóganes simplones que no conmovieron a nadie. Forzadamente, algunos, incluso, utilizaban terminología de la generación Z ¿Piensan que hablar con lenguaje inclusivo y jerga imberbe es suficiente? Con un comportamiento infantil se ridiculizaban a sí mismos. Otros, pretendían captar su atención mediante la presunción de sus diversas posiciones acerca de los temas supuestamente más relevantes para la juventud: marihuana y sexo. En un momento tan trágico, perdían el tiempo riéndose y menospreciando el interés político de los ciudadanos. Me pregunto si sus asesores construyeron esas publicidades virtuales indolentes. ¡Qué fatales!

Mas allá del resultado electoral-con el triunfo de Cambiemos levemente celebrado y la derrota (negada) del oficialismo- la propaganda política reciente demostró la ausencia de partidos dispuestos a cambiar. Eludieron como pudieron la discusión seria; pensaron que la formulación de mensajes frívolos y obvios determinaría su éxito; subestimaron absurdamente a los jóvenes. Increíblemente se percibió más creatividad en los usuarios de las redes sociales, en los memes, que en la retórica política y pobres spots.

La falta de representación de las nuevas generaciones también se evidenció en los debates televisivos donde los candidatos demostraron una vez más sus posiciones anticuadas. Como es habitual, cada uno refirió su postura sobre problemas económicos, políticos, judiciales y sociales, que nadie jamás soluciona, pero omitieron la discusión sobre el cuidado del medio ambiente y tecnología, dos demandas relevantes, defendidas y requeridas por jóvenes de todo el mundo. Ridiculizados y minimizados por los gobernantes y aspirantes al poder, estas temáticas continúan sin un lugar en la agenda pública. Las acciones respectivas a esas cuestiones son insuficientes o inexistentes. ¿Por qué los políticos se preocupan tanto por la libertad y la vida digna y segura de los ciudadanos si al negar la crisis ecológica los condenan a un mundo agonizante? Esa libertad y vida “digna” no tendrán oportunidad para desarrollarse en el futuro.

La razón del “olvido” en la agenda pública de políticas medioambientales creo encontrarla en la desconfianza de algunos ciudadanos y dirigentes al observar que muchos grupos «progresistas» se apropian de ese campo común de todos los seres humanos. El ambientalismo no es feminista. La astrología, la ecología y el veganismo tampoco lo son. No tienen propiedad de nadie y a la vez son de todos. Esa atribución irresponsable de estos sectores, que generan distorsiones y vanas propuestas, produce tal vez la indefinida actitud de los espacios políticos para reducir la huella de carbono. Si no hay discusión seria-si prevalecen los parloteos anticuados, si predominan políticas retrógradas y repetitivas, si se desprecian iniciativas creativas prosperas y potenciales- no hay esperanza. En esa línea, las universidades que deberían ser espacios de formación, cambio, debate y pluralismo sobre estas cuestiones no figuran. Rehúyen esos temas. Allí escasea la discusión, la proyección, la renovación. Desde hace rato actúan bajo un paternalismo conformista ajeno a reformas que requieren los nuevos tiempos.

Además, las peleas internas de las asociaciones políticas, como el simulacro absurdo de halcones y palomas, y la reciente fractura del bloque radical, alejan a los jóvenes del orbe político. Esa disputa intrínseca deja la impresión de que solo les importa un mejor lugar en su partido. También, la construcción frecuente de discursos acusadores privados de autocríticas entre las dos fuerzas más importantes del la nación y la inviabilidad del diálogo entre ellas- difícil de alcanzarlo si una parte niega la derrota: no entrega los atributos y tampoco felicita a su opositor-, acaban por culminar el entusiasmo público juvenil. Los dirigentes deberían renunciar por solo un instante a sus respectivas ideologías y, con inteligencia y prudencia, lograr una compresión (al menos leve) y un acuerdo preciso.

Un vicio de la política nacional que expresa acaso el rechazo y fastidio de los más jóvenes es la conducta insistente de los gobernantes de solucionar los problemas con parches. No los evitan, no los anticipan. Los intentan resolver sobre la marcha, improvisan. Ningún dirigente intenta reconstruir la sociedad para no cometer los mismos errores una y otra vez, y así hasta el infinito. Por el contrario, construyen un proyecto de corto plazo y formulan cambios no sostenidos. Asimismo, por ideología los mandatarios suelen desechar las buenas decisiones y medidas de sus predecesores. La sensación que nos ofrecen es la de sobrevivir el presente con un porvenir incierto. “Asumir y destruir”, ese eslogan invisible aplican la mayoría de los representantes de Argentina. Además, un comportamiento civil erróneo y crédulo, producto de las democracias hiperpresidencialistas, es esperar soluciones mágicas y alabar con fervor a un líder a quién se le deposita una confianza y una lealtad ciega.

Otro rasgo inquietante de su desinterés se halla en el sufragio. Herederos de crisis cíclicas e ineficaces gobernantes, creen que cualquier partido que lidere el país está condenado al fracaso. No encuentran líderes que reflejen sus valores, sus ideas. Su juicio carece de convicción. Desde hace años votan a quienes les hacen menos daño. Suelen votar por el menos malo o por descarte. O para que no regresen otros al poder. En definitiva, eligen para rechazar. Su triste expectativa no reside en vivir mucho mejor sino un poco mejor bajo el menor mal posible. Perdidos y con rumbo impreciso colocan su ilusión en las manos de alguien no tan incompetente. De eso trata el voto joven de hoy, se basa desgraciadamente en eso.

El triunfo de Juntos por el cambio en las elecciones legislativas no es solo un reflejo del cansancio de la sociedad argentina por el populismo, ni de la confianza al republicanismo defendido por el Pro, ni tampoco de la custodia de la libertad pregonada por Milei y Espert, sino por la pésima gestión de Alberto Fernández durante la pandemia: Cuarentena eterna, vacunatorios vip, aumento de la pobreza y desempleo, y la reciente prohibición de financiar en cuotas pasajes de viajes al exterior (no creo que haya que profundizar el análisis allí), entre muchas otras medidas atroces. Juntos por el cambio no debe atribuirse ningún mérito. El pueblo los votó por mero rechazo al oficialismo. Nada más.

Las nuevas generaciones, huérfanas de representantes, descreen del perfecto funcionamiento de la democracia y sus instituciones; de la prosperidad y su crecimiento; del progreso y su florecimiento. Desconfían del sistema democrático mismo, porque en su breve existencia no lo vivieron plenamente. Para ellos solo es un cuento semiagradable de los 80’. La perversión del poder ejecutada por los gobernantes de las últimas décadas instaló la convicción de que el voto no es condición suficiente para garantizar una democracia próspera. Las elecciones se convirtieron en una mera responsabilidad cívica tediosa y las promesas de los candidatos en palabras vacías. Sin esperanza, pienso en la posibilidad de un partido que tuviera la capacidad de escucharnos y que nos prometiera finalmente terminar con el declive perpetuo del país.

 

 

Foto: foroeconomico.org