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Horacio Quiroga: Amor, locura y muerte

  • Por Brisa Bujakiewicz

«…¿Usted sabe qué terrible fuerza de atracción tiene el suicidio, cuando la idea fija se ha enredado en una madeja de nervios enfermos?…» Escribía Quiroga en su libro “Cuentos de amor, de locura y de muerte”  Quizás, sin saber que, veinte años más tarde, daría fin a su vida de una forma trágica.

Nacido en Uruguay, un 31 de diciembre de 1878 en el seno de una familia compuesta por Prudencio Quiroga, Pastora Forteza y tres pequeños niños. Horacio, un pequeño bebé de tan solo dos meses,  tuvo que presenciar el fallecimiento de su padre, quién al disparar una escopeta  en forma accidental, acabó con su vida. Este sería una de las tantas muertes que daría inicio a grandes pérdidas en la vida del escritor.
Pastora Forteza, madre de Quiroga, siguió su vida y formó una nueva pareja con Mario Barcos. Años más tarde, a este le agarraría un ACV que lo dejaría con pérdida en el habla y mitad del cuerpo paralizado. Mario, no pudo vivir con la presión de lidiar con dichas secuelas y finalmente se disparó con una escopeta. Suceso que también fue presenciado por Horacio Quiroga a la edad de 18 años.

Desde pequeño le interesaba el mundo de las letras. En el año 1898, inspirado en su primera novia, escribió Una estación de amor
Sus primeros cuentos tenían un tinte de Edgar Allan Poe. Quiroga, probablemente, atraído por la literatura de horror del gran autor estadounidense, procuraba lograr generar aquello que Poe, sin dudas, había logrado.
Es por ello que, ese estilo literario se puede ver reflejado en sus cuentos acerca de la naturaleza y la selva misionera, lugar donde Quiroga vivió por un largo tiempo y le ha servido como musa en más de un escrito.
En su juventud,  saca su primer libro, Los arrecifes de Coral, pero al mismo tiempo que Horacio obtenía su primer gran logro en la escritura, sus dos hermanos fallecían, víctimas de la fiebre tifoidea. Pero esta no sería la única tragedia que debía de enfrentar Quiroga ese año, quizás lo peor, recién estaba por suceder.
Federico Ferrando, uno de los grandes amigos del escritor, había sido criticado por un periodista, y por dicha circunstancia debía de enfrentarse a un duelo. Horacio, quien se encontraba preocupado por su amigo, se ofrece para limpiar el revólver que utilizaría el mismo para aquel reto de honor. Mientras que el cuentista limpiaba dicha arma, se le escapa un tiro y acaba con la vida de su amigo. Esto lo llevaría a pasar unos días en la cárcel, hasta que pudo dejar en evidencia que solo se trató de un accidente. Es allí donde decide partir hacia Buenos Aires.
Probablemente, las letras significaron un refugio en la vida del autor, pero más allá de ello, contaba con otra pasión, la fotografía.  Fue el mismo arte de la captura el cual llevó a Horacio hasta Misiones, en una expedición con Leopoldo Lugones, donde este último le había permitido acompañarlo ya que sería un buen escolta para documentar todo lo que sucedía a su alrededor.

Años después de ese hecho, encantando por el verde selvático, decidió comprar una casa en la provincia de la tierra colorada y echar raíces allí. Ya trabajando como juez de paz en el registro civil de San Ignacio y casado con Ana María Cires, tuvo a su primera hija Eglé Quiroga. Un año después, tiene a su segundo hijo llamado Darío.
Su vida comenzaba a marchar bien, los niños eran educados desde pequeños, por Horacio, quien los adaptaba a las vivencias de la provincia.
Pero años más tarde la tragedia lo asecha nuevamente.
Ana María, su esposa, ingiere líquido para revelar fotos. Esto provocó que agonice durante varios días hasta morir.
Luego de enfrentar esa circunstancia, Horacio se trasladó con sus hijos a Buenos Aires donde residieron durante varios años, atravesando amores y desamores, acompañado por sus sucesores, su cámara y las letras, quienes se volvían un refugio ante las penas y los días de melancolía.
En 1932, regresó a Misiones por última vez. Vivió con su segunda esposa, María Elena Bravo, y su tercera hija, María Elena Quiroga.
En el año 1935, le diagnosticaron hipertrofia de próstata. Tuvo problemas con su esposa y esta decide volver a Buenos Aires con su hija. Así, Horacio quedó solo y enfermo, hasta que su problema de salud se agravó aún más y debió regresar a Buenos Aires para que lo atendieran de urgencia. Es en ese momento donde le informan que tiene cáncer de próstata. María Elena y muchos de sus amigos estuvieron con él para ayudarlo a superar el duro momento, pero aun así, no fue suficiente.
Al no poder sostener más su situación de salud, un 19 de febrero de 1937, Quiroga decide acabar con su vida bebiendo cicuta. Uno de sus últimos deseos fue que lo cremaran y arrojaran sus cenizas en la selva misionera.
Un año después, su hija Eglé se suicida, al igual que lo hizo su hermano Darío, años más tarde.
Lo cierto es que, Quiroga ha marcado un antes y un después en la literatura, en el mundo de los cuentos, de los poemas e inclusive de la fotografía.
Quizás, el horror que se presencia en muchos de sus textos, no era más que un reflejo de su vida, desde que era tan solo un bebé presenciando lo que sería, la primera de sus tragedias.
 

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