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Longyearbyen, el pueblo noruego donde nadie puede morirse

  • Una ley implantada en 1950 obliga a trasladar a otras ciudades a todos los que se enferman gravemente. Cuál es el fundamento.

Longyearbyen, la capital de la remota isla noruega de Svalbard, puede parecer un paraíso ártico de nieve y espectáculos de luces en el cielo. Pero detrás de esa postal hay una ley un tanto extraña que los 2000 vecinos deben seguir a rajatabla: está prohibido morirse.

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La muerte es ilegal en la isla desde 1950, cuando se descubrió que los cuerpos en el cementerio local no se estaban descomponiendo debido a las bajas temperaturas, informa The Sun.

El clima del lugar es tan extremo que en la década de 2000, científicos estudiaron los cadáveres enterrados allí que sucumbieron al virus de la influenza de 1917 y, para su asombro, recuperaron muestras vivas del virus. Los residentes de Longyearbyen habían estado viviendo entre el virus mortal durante décadas, sin siquiera darse cuenta.

El cementerio ya no acepta nuevos habitantes por temor a que las enfermedades se propaguen por toda la isla, lo que significa que incluso aquellos que han vivido toda su vida no pueden ser enterrados allí. Es más: los enfermos terminales son trasladados hasta Oslo, donde pasan el resto de sus días hasta la muerte.

Técnicamente, las urnas de cremación se pueden enterrar en el cementerio, pero pocas personas han optado por esta opción.

No hay un hogar de ancianos en la isla, ni ninguna institución dedicada al cuidado de abuelos ni enfermos, por lo que deben ser trasladados al continente.

No es solo la muerte en la isla lo que plantea un dilema para sus residentes: la vida cotidiana allí también se torna complicada. Las futuras mamás no pueden dar a luz en la isla porque no hay hospitales preparados para ello.

Longyearbyen es uno de los asentamientos más septentrionales del mundo y su ubicación plantea un conjunto único de desafíos: durante varios meses del año, no hay luz solar en absoluto. Desde el amanecer hasta el anochecer solo hay oscuridad. Además, los osos polares merodean a las afueras del pueblo. Aunque el gobierno intenta evitar que los animales deambulen por la zona, el terreno nevado significa que ver un oso polar no es infrecuente.

Prohibir la muerte no es la única ley inusual en la isla. Los gatos están prohibidos para proteger la población de aves del Ártico y se espera que los visitantes se quiten los zapatos en prácticamente todos los edificios, no solo en las casas de las personas.

 

 

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