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#Opinión | La gota que rebalsó el vaso

  • Por Gabriela Pousa

Así somos: en ocasiones dogmáticos, vanguardistas, desconfiados, altruistas, dotados de un talento extraño para convertir en cómico lo trágico como un mecanismo de defensa o de supervivencia. Después asumimos, tímidos, qué sí hay responsabilidades en el silencio y en el tiempo que esperamos para ver cómo la última gota rebalsaba el vaso.

La sociedad argentina no es sencilla. De ella emerge la dirigencia. Hablamos del pueblo siempre como un sujeto ajeno. El pueblo son los demás, los que votaron a este gobierno de incapaces y cínicos. El pueblo es el que prefiere el subsidio al trabajo, el que no comprende las consecuencias a largo plazo de ciertas “panaceas”. El pueblo es el ignorante. ¿Qué haríamos si no existiesen las entelequias?

Cuán verídicas son las ansias de cambiar? Por qué le perdonamos a Alberto Fernández lo que jamás perdonamos a Mauricio Macri, por ejemplo?

Por mucho menos Fernando De La Rua dejó el gobierno. En menos de 15 días de comenzado el año hemos soportado a una jueza besándose con el asesino de un niño, hemos visto a la titular del PAMI burlarse de los jubilados veraneando en el Caribe. Hemos escuchado al Presidente hablar de recuperación económica y a quienes nos encerraron un año decir que a lo mejor no hace falta considerar un contacto estrecho como peligro extremo.

En síntesis, han reconocido públicamente que del tema siguen sin saber un ápice. Nos han dicho que el aumento de tarifas en la era Macri fue neoliberalismo explícito pero resulta que congeladas esas cuentas ya no hay luz, ni agua, ni nada. Se siguen empeñando, en otro aniversario, en suicidar a Alberto Nisman pero se codean con acusados de haber volado la AMIA, y acá no ha pasado nada. Todos callados.

Hemos dejado que nos despojen de tradiciones convenciéndonos quizás de que el pasado ya fue, que nos hizo daño y es mejor tergiversarlo. Lo viejo no va más: ya sea un ser humano o una costumbre de nuestros antepasados. Nos están dejando sin piso y sin techo al mismo tiempo. La cultura popular es una vulgaridad que se imponen por cantidad de seguidores virtuales.

El covid en su primera etapa fue una herramienta fantástica para el uso del gobierno. En nombre del “cuidado al ciudadano” nos evitaron las despedidas y las manifestaciones afectivas. Cerraron aulas sin evidencia científica. Qué mejor para manipular que una sociedad escindida, sin vínculos ni contactos?

Entonces acordamos un enemigo común: ese populismo maniqueo que se remonta para algunos a Perón, para otros al kirchnerismo, a las alianzas falsas… No interesa quién sea mientras tengamos el mito que nos redima de ser responsables del todo o de las partes. Ni por obra ni por omisión fuimos quién la erró.

Alguien nos recordó alguna vez que, cuando el Rockefeller Center se empezó a construir, el Cabanagh ya existía; que Mendoza tuvo oleoductos antes que Standard Oil, o que nuestro subterráneo apareció en 1913 junto al de Moscú, París, Londres y Nueva York. La primera sucursal del mundo del Bank Boston fue en CABA, y la Ford abrió, junto con París y Londres, acá su primera planta.

Días atrás una nota firmada hace cien años situaba al peso argentino en el ranking de las monedas con mayor valor de mercado. Ya sabemos luego que ha pasado. Y sabemos a la perfección que está faltando: la cultura del trabajo.

A no olvidar que estamos en época de maquillajes y caras lindas, de camisas abiertas sin corbatas rígidas. Nada que apriete el cogote para ser Señores. Nada que demuestre que la juventud ya no está. Hoy cuesta distinguir una madre de una abuela. Presentadores de TV nos sorprenden con rostros cambiados, y la mayoría más que asombrarse quiere saber el nombre del cirujano plástico.

Claro, la juventud nos permite el equívoco sin tantos cuestionamientos. Equivocarnos con más años nos sitúa en el pedestal del pavote eterno: ese que tropieza no una sino cien veces con la misma piedra. Nos emparejamos en un falso concepto de igualdad. Pretendemos ser eternos, así tenemos chance de equivocarnos ad eternum.

Estamos fascinados con el decorado, no con el paisaje natural porque hasta cerramos ventanas para enfocarnos en pantallas. Queremos todo dado, que el cuadro ya esté pintado, no mancharnos con pintura teniendo que crearlo. Y así vivimos, en una subasta de predestinados que nos regresarán a la gloria de ese pasado, aunque a diario queramos sepultarlo.

Somos contradictorios y raros… Vamos desligándonos como podemos de una carga emocional difícil de sobrellevar. Eso que suele llamarse “labor ciudadana” y que nos gusta como etiqueta pero no como trabajo.

Época de lo reciclable, de lo descartable, de la solución fácil que suele ser un suicidio intelectual. Tiempos de lo efímero, de resetearse como si fuésemos máquinas o celulares. Días de pensar en simplificaciones obscenas, y empezar las apuestas: ¿Va Vidal o Larreta a la presidencia? Va Milei o Espert? Qué hacemos con Macri?

Mientras, el 2022 va mostrando lo peor: la aceptación ciega del oprobio, de la negligencia, de la justicia ciega pero no por la venda, de las muertes por un par de zapatillas, de las puertas profanadas por un pedazo de bronce que a esta altura ya manifiesta que detrás hay una mafia… Pero nadie hace nada.

Nos vamos acostumbrando a lo que ningún país civilizado es capaz de acostumbrarse. Acá todo pasa: desde una estafa mediática hasta quedarse varados porque una Aerolínea de bandera decide cancelar vuelos cuando le llueven empleados.

Es factible dejar de aceptar todo como si fuese normal vivir tan mal? Cruzando el charco, en Uruguay, se ve a los argentinos mirando góndolas de supermercado como si fuesen galerías del Louvre o el Museo del Prado, y es que acá estamos desabastecidos pero ya lo normalizamos.

Cómo evitar este conformismo macabro? Sólo modificando la conducta de los ciudadanos no un domingo en el calendario, sino provocando una transformación muchísimo más profunda que poco tiene que ver con los ismos, con quién encabece las encuestas o vaya primero en las boletas. Depende de la valentía y de las ganas de vivir diferente que haya en la gente. Creer que la Argentina cambiará si gana tal o cual candidato es de un simplismo inaceptable. Pretender que una persona modifique lo que han deshecho tantos es utopía. ¿Cómo se sale de este círculo vicioso en el cual todos señalamos con el dedo a otros?

En su ensayo “El poder de los sin poder”, Václav Havel orienta el accionar cívico rescatando la imposibilidad de progresar en lo político sin hacerlo simultáneamente, en el plano espiritual y ético. Habla del pluralismo en serio, de la necesidad de que existan grupos que compitan entre sí, limiten las acciones de los otros, y cooperen para beneficio mutuo. Para eso no hay que cambiar estatutos, para eso el cambio debe empezar adentro de cada ciudadano. Sé que ello carece de gracia pero no puede existir una democracia sin demócratas, y este es otro problema que tenemos. ¿Hasta qué punto somos democráticos? ¿No será que convertimos la democracia en otra entelequia, en una palabra vacía pero políticamente correcta?

El kirchnerismo va por todo, incluido idioma y vocabulario. Instalaron slogans, y a las verdades las cambiaron por sofismas acorde a los oportunismos. Crearon el dogma del relato. Se impuso el panelismo de moda, el opinar aunque no se tenga idea de la temática. Inútil negarlo: el pueblo argentino tiene un enamoramiento patológico con lo popular. No estaría mal empezar por asumirlo. El cambio que viene de adentro sería así más sencillo.

Ya no sirve que un día del calendario se vote un candidato. Urge que, a pesar del desgaste cotidiano y de la indiferencia de la justicia, los gremios, o la política, se siga “votando”. No estamos llamando a la rebelión fácil como la de algunos encapuchados. No hay que salir a tomar la Plaza de Mayo. “El poder de los sin poder” no se agota en el tiempo, está siempre en acto. El ex mandatario checo observó que aquellos que viven sometidos bajo un gobierno que los asfixia, tienen en sus manos un poder inexpugnable: “vivir en la verdad“. Dicho así, parece la predica de un pastor pero en su análisis, considera que decir la verdad y vivir honestamente, en un contexto de realidades fingidas, es en sí mismo una actitud de cambio altamente productiva.

Cuando Havel escribía estos lineamientos, había pasado la Primavera de Praga y los partidos políticos eran estructuras frágiles, incapaces de canalizar las demandas sociales. Aquí y ahora, el pueblo está desencantado, como huérfano, y la orfandad una vez puesta en evidencia, hace que afloren los aspirantes a tutores con las mejores máscaras casi como bufones. El pueblo no son los demás, somos nosotros primero y principal.

“La ideología como coartada-puente entre el sistema y el hombre, llena el abismo que hay entre los planes del gobierno y los planes de los ciudadanos“. Los ideólogos del poder hegemónico dan a entender que lo realizado es para paliar necesidades sociales, pero son meras apariencias, diatribas de atril, cadenas… Siguiendo este argumento, los argentinos podrían dejar de callar por miedo, los empresarios de rendirse a los pies del tirano por prebendas, los aplaudidores de hacerlo si no están de acuerdo. Y sobre todo habría que desarmar el vocabulario antojadizo que creó a su conveniencia el gobierno matando tradiciones y confundiendo hasta a los académicos.

Viviendo la realidad tal cual es, lo falso queda en evidencia. Si por el contrario, seguimos con los eufemismos y aceptamos sin chistar que un alumno abanderado en la escuela es estigmatizarte; que un asesino es una víctima de la marginalidad, o que otros países sean conspiradores por señalarnos errores, nada ha de variar. Vamos más allá. Si acaso la Patria está en peligro es por la ausencia de esa ética del patriotismo sentido, no por una misión del Fondo Monetario Internacional.

Y en lugar de echarle la culpa a la gota que rebalsó el vaso, tendríamos que empezar por hacernos cargo de la comodidad con la que nos sentamos a esperar ese resultado.

 

 

 

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Es Analista Política. Master en Economía y Ciencias Políticas. Licenciada en Comunicación Social. Autora del libro "La Opinión Pública, el nuevo factor de poder" || Facebook: gabriela.pousa.7 | Twitter: @gabrielapousa | Instagram: gabriela_pousa
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