Opinión

#Opinión | Vacaciones: volver a ser hijos por un rato

Por Laura Calle Rodríguez

Hay una edad en la que todo cambia, todo se transforma. Es un momento en el que de repente volvemos a ser quienes fuimos y lo que antes nos parecía normal y más tarde terrible se convierte en el mejor plan. Crecimos.

Quién inventó las vacaciones? | Blog Viajero Astuto | EL PAÍS
Cuando éramos chicos, el único miedo que nos invadía en las vacaciones era alejarnos de nuestros padres y perdernos en un mundo en el que aún nos daba pánico transitar en soledad. Cada verano nos hacía felices preparar nuestras (pocas) cosas importantes y subir en el auto a donde nos llevaran. Estábamos contentos sólo con saber que íbamos a viajar a un destino que, a pesar de no haberlo elegido nosotros, serviría para encontrarnos con nuestros amigos de vacaciones o para entablar nuevos vínculos. Esos que aseguramos que perdurarían en el tiempo.

Sólo nos deteníamos para almorzar y cenar con nuestra familia y cada llamado para acostarnos nos provocaba fastidio. Nos sentíamos grandes, capaces de quedarnos hasta altas horas de la madrugada con “los chicos” hablando pavadas, jugando o simplemente compartiendo el momento.

Un día nos dimos cuenta de que crecimos y que ya no sólo nos molestaba que a la mañana temprano nos dejaran en la puerta del colegio a la vista de nuestros compañeros, sino que era momento de irnos de vacaciones con nuestros amigos. Ahí sí que íbamos a disfrutar con todas las letras.

Pasamos tantos veranos con esos amigos de entonces que la única preocupación que nos aquejaba era tener que volver con nuestra familia y que se terminaran esos días en los que nos creíamos adultos.

A pesar de esas vacaciones soñadas, nuestra familia seguía insistiendo en que nos fuéramos unos días con ellos también. Jamás lo vimos como un plan agradable sino todo lo contrario; irnos a aburrir simplemente no cabía en nuestra cabeza.

Después nos pusimos de novios y ya los amigos quedaron un poco relegados pero la sensación de viajar con nuestra pareja era la opción más tentadora. Con los años formamos una familia y ya nos tocaba la responsabilidad de tomar las decisiones acertadas para comandar los días que pasaríamos en el lugar elegido. Sólo nos quedaba el recuerdo, al pasar por esos lugares repletos de ruido en los que los chicos suelen quedarse horas con unas fichas mientras entre bostezo y bostezo intentábamos arrastrarlos para que se acuesten y poder disfrutar del día siguiente. Disfrutar del día… esa frase que habíamos odiado tanto, ahora la repetíamos. De repente, esas mismas palabras aparecían como flashes invadiéndonos la memoria, pero en la voz de nuestros padres, lo que nos provocaba una sonrisa porque veíamos cómo con el tiempo nos estábamos convirtiendo en eso que alguna vez detestamos.

Pasaron los años; la historia se repite. Nuestros hijos nos piden plata para irse con sus amigos de vacaciones y nosotros, a pesar del terror de saber que van a estar solos, que probablemente no se abriguen a la noche u olviden ponerse el protector solar, no tenemos otra opción más que dejarlos crecer y hacer su experiencia.
Ahora estamos solos y los amigos de entonces ya no forman parte de nuestra vida o están metidos en su mundo. Cada verano nos preguntamos qué vamos a hacer. De repente, el mejor plan es invitar a nuestros padres -esos que nos llevaron tantas vacaciones a cuestas- pero con la certeza de que esta vez podremos disfrutarnos; necesitamos verlos felices como ellos lo hacían con nosotros.

Estamos crecidos, ya no somos esas criaturas indefensas que tenían miedo a perderlos. O quizás sí. Ahora llegó el momento de valorar su compañía; de revivir anécdotas; de celebrar una cena juntos, sabiendo que no nos van a llamar para acostarnos porque también estamos cansados y…. queremos disfrutar el día siguiente desde temprano.

Ahora sí que realmente somos adultos, pero sin embargo dejamos que nos cuiden como cuando éramos esos niños traviesos. Aceptamos que nos den el beso de buenas noches e incluso que nos pregunten si tenemos frío para agregarnos una frazada. Volvimos a ser chicos por un rato y somos felices de tenerlos, de cuidarnos, de su amor hacia nosotros, que si bien nunca se modificó, después de haber transitado nuestro propio recorrido, somos capaces de aceptar. Mientras nuestros hijos se toman horas en contestar cada mensaje, de pronto volvimos el tiempo atrás y simplemente nos dejamos cuidar. Cada año de vacaciones juntos puede ser el último y no queremos perder esa sensación que nos convierte nuevamente en hijos, aunque sólo sea por unos días.

La vida es una rueda y si bien siempre se vuelve al inicio, ahora somos más sabios, más conscientes. Ahora sí que podemos disfrutar las vacaciones casi como cuando éramos niños, pero ya no con el miedo a perdernos, sino con la incertidumbre de que tal vez esas sean las últimas juntos. Nuestra mente evoca al pasado y al fin comprendemos que realmente fuimos felices y sin embargo estábamos tan “ocupados” que nos llevó una vida darnos cuenta.

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