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#Opinión | Vencedores y vencidos

  • Por Gabriela Pousa
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Hace tiempo que no escribo sobre política. En parte, mi silencio estuvo justificado por un trabajo que me impedía poner sobre el renglón una visión objetiva y necesaria para no fallarle al lector ni a mí misma. Al mismo tiempo, pasé de la observación a la acción para ver si había mecanismos siniestros que impedían poder llevar a cabo una labor bien intencionada, orientada al bien común, o el sistema es el que corrompe inevitablemente.

Hoy puedo decir que ambas cosas eran ciertas: los innumerables palos en la rueda existen pero eso no es óbice para apostar a que las cosas se hagan de otra manera. El sistema no corrompe si uno no quiere ser corrompido.

También es verdad que mi llamada silencio se debió a que miles de mis análisis y notas escritas durante los últimos 20 ó 25 años podrían ser publicadas hoy cambiando apenas algunos nombres, no muchos, y ciertas fechas no más que eso. Esto en lugar de otorgarme alguna suerte de satisfacción me provoca una profunda tristeza porque es la evidencia más empírica, al menos para un analista o para quien se jacte de tal, de que las cosas no evolucionan sino que se mantienen en una suerte de status quo que nos impide avanzar, y nos mantiene en un presente perpetuo con un futuro tan incierto como indefinido.

Son innumerables las voces que desde el domingo intentan convencerme de que las elecciones han demostrado un cambio sustancial. No niego que así haya sido, los números y las matemáticas – por más empeño que se esté poniendo en tratar de cuestionarlas – siguen siendo una ciencia exacta. Aún así a muchos los resultados le han dejado gusto a poco.

Es cierto que los cambios requieren tiempo, que nadie se acostó en la Edad Media y se levantó en la Edad Moderna sin que corra mucha agua bajo el río, que las medias tintas a veces son necesarias, que no todo es blanco o negro y que los grises, a veces, son el atajo más certero.

Pues bien, en mi humilde opinión estamos en ellos. Queriendo, por una necesidad válida de supervivencia, ver como redentores las pinceladas amarillas en un mapa que hasta hace unos días mostraba un color de podredumbre y desidia. Algo volvió a brillar, no se puede negar (o sí) la realidad.

Me detengo en este punto. Subestimar un movimiento populista que se mantiene en el poder desde hace décadas, consumiéndonos a muchos de nosotros los mejores años de nuestras vidas, ha sido y es un error garrafal que no podemos volver a aceptar.

Un refrán popular asegura que “no está muerto quien pelea”, Y el kirchnerismo peleó y peleará hasta sus últimas fuerzas. Querer que la derrota en las elecciones de medio término han acabado con sus ínfulas de perpetuidad puede llevarnos a cometer el mismo error que cometimos seis años atrás cuando esgrimíamos la consigna “no vuelven nunca más”. Aún les quedan dos años para gobernar.

No vamos entrar en cuestiones semánticas y analizar si “gobernar” es realmente lo que hace el oficialismo. En mi opinión llevan a cabo una estrategia maquiavélica que consiste en trastocar todos los valores, tradiciones y raíces de la Argentina para fundar una especie de geografía donde lo que fue ya no es, y lo que es dicta considerablemente de ser lo que alguna vez fue la Argentina.

Pascal Bruckner se ha dedicado estudiar la exaltación de la derrota como una metodología fascista. Asombrarnos es quizás un síntoma algo ingenuo que no deberíamos permitirnos a esta altura de los tiempos. Si algo debimos haber aprendido es que no es momento para tibios, ni para diálogos insustanciales donde predominan las trampas, la dialéctica falaz, el relato, el realismo mágico y la mentira como base de todo cuanto se dice y se hace.

No se puede dialogar con quien se burló de miles de muertos manipulando una política de vacunación que priorizó ideologías a sanación. Claro que negarse a una convocatoria oficial sitúa a la oposición en un rol que será tildado de anti democrático. Por eso quizás es hora de atender más que nunca el vocabulario que estamos usando. Hace rato que la pérdida de un lenguaje común nos sumerge en desentendimientos y confusiones que no son sino los objetivos de máxima de un poder que necesita nublar mentes y desconectarnos de todo aquello que hemos heredado de ancestros y antepasados.

No hay mejor pueblo para manipular que uno que ni siquiera se pueda expresar porque, como decía Bernard Shaw “una lengua común nos separa”.

En ese trance de trastrocamiento general, nuestros hijos perdieron la noción de qué o quiénes son los próceres de nuestra Nación. Ya no le rinden homenaje a Belgrano o San Martín porque sus natalicios o sus óbitos se han transformado en “feriados extra largos”. Es verdad también que, en varios hogares, hay una holgazanería galopante que apaña esta metodología macabra.

Una cosa lleva a la otra. El desinterés de los adultos se traslada a los menores sin advertir quizás el daño que se está produciendo a generaciones que desconocen sus orígenes. Cuando no se sabe de donde se viene difícilmente se sepa adónde se va.

Lo que a simple vista parece insignificante a la larga se traducirá en vacíos existenciales. Generaciones de zombies a quienes todo les da igual. Posiblemente esa sea la guerra más urgente que deba darse. Hacer comprender a la sociedad que no todo da igual.

Dentro de esa tarea está inmersa aquella otra que consiste en advertir que puede que haya una “casta” política como denuncian ahora cuál si fuera una moda, pero no todo político es un ser vil que se adentra en el sistema con el único fin de beneficiarse a sí mismo. Las generalizaciones junto a la corrección política impuesta desde arriba van a acabar con lo esencial de la civilización: las diferencias.

La diatriba de la igualdad es otro peligro más. Somos todos únicos e irrepetibles. En ese contexto, esta administración no es como la anterior. Es factible que ambas cometieran errores en cuanto a la política económica pero la diferencia crucial radica en que ahora estamos bajo el yugo de un gobierno perverso que no vive ni deja vivir, que persigue a quienes piensan distinto, que descalifican con la violencia, que se ufanan de retirar piedras homenajeando a víctimas de sus propias impericias, que tienen por finalidad objetivos personales, que están dispuestos a avasallar y negar hasta a sus propias madres.

Dos años atrás la perversión no era la característica de la administración central. Podían pecar de no querer escuchar, de atender más a “gurús” que a economistas probos que podían ayudar, pero la mayoría carecía del odio y el desdén hacia los ciudadanos. La calidad humana de un Esteban Bullrich no era ni es la misma de un Aníbal Fernández. No son todos iguales aún cuando la sociedad tenga derecho a sentirse decepcionada. Somos un país exitista al que nos inocularon el mal del cortoplacismo y la ceguera para diferenciar.

Hoy el presidente está abocado a seguir vendiendo el relato que supimos desechar durante cuatro años y al que volvimos porque el dólar había subido a 47 pesos. Hoy está 200. No podemos castigar tirando un gobierno que podría no ser el mejor pero tampoco era el peor, y sí era diferente al que se ha votado luego: un gobierno que más allá de ser malo es perverso y lo más triste aún es que sabíamos de esa perversión y de su inmensa capacidad para dañar.

La memoria es porosa para el olvido, decía Jorge Luis Borges con razón. Quizás nosotros sí somos los mismos.

Haber comprado el relato de “un Alberto moderado” fue el peor de los pecados y confundirse tiene consecuencias. Lavarse las manos ahora es de alguna manera parecerse a los kirchneristas que están adoptando la identidad victimista. Bruckner definían a esta como “ un sentimiento de inseguridad permanente”. El actual mandatario ya no sabe dónde está parado, busca cómo ha buscado siempre un chivo expiatorio.

De algún modo actúa cómo actúan la mayoría de los presos en la actualidad. Lejos de compadecerse de las desgracias de su delitos, se sienten ellos las víctimas por estar excluidos de la sociedad. Y es que estamos en una era en que se proponen modelos de total irresponsabilidad, y se rechaza cualquier idea de culpa.

Cómo creer en el castigo si ya nadie tiene sensación de infracción y por qué practicar una virtud que se ridiculiza y nadie practica?. Todos se enfrentan a su condena pero nadie a su delito. El presidente convierte entonces su derrota en un triunfo. El relato les dio resultado porque la sociedad lo ha perdonado y vuelto a votarlo.

“En estas elecciones ganaron perdiendo”, Cristina Kirchner no es parte del gobierno, esas falacias vendidas como verdades hacen que una victoria de Juntos por el Cambio se minimice. Si no valorizamos el triunfo electoral estamos volviendo al pasado.

La princesa Bibesco solía decir: “La caída de Constantinopla es algo que sucedió ayer” y cultivaba la facultad de hacer retroceder las agujas del reloj. Argentina no puede vivir retrocediendo, hay que reapropiarse de la historia y reanudar los hilos de la memoria cortados por años de mentiras. La recuperación de la memoria es la primera etapa de la libertad para emanciparse.

Si olvidamos que hace ya más de diez años se perdió la independencia judicial y que crearon un enemigo del adversario, la oposición con el lenguaje alterado volverá a caer en la trampa del diálogo que solo es la telaraña que paraliza y atrapa.

Que el kirchnerismo se haga cargo y la oposición oficie de contralor. La retórica kirchnerista hace que deba interpretarse cada frase a la inversa. Hay que acostumbrarse a que la violencia hable el lenguaje de la paz y el fanatismo el de la razón. A la Argentina la han dado vuelta. La llevan a la cima de la montaña como Sísifo y la arrojan al vacío. Hay que atajarla y empezar a llamar las cosas por su nombre: hay vencedores y hay vencidos. Qué cada cual atienda su rol.

 

 

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Es Analista Política. Master en Economía y Ciencias Políticas. Licenciada en Comunicación Social. Autora del libro "La Opinión Pública, el nuevo factor de poder" || Facebook: gabriela.pousa.7 | Twitter: @gabrielapousa | Instagram: gabriela_pousa
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